Full Text: La Liebre y el Erizo
One story, four ways to read it
Every story comes in its original version plus several simplified reading levels, so it grows with your child.
The original text is the full story with rich vocabulary and descriptive language, ideal for reading aloud together and for kids who are ready for longer sentences.
The simplified levels retell the same story in shorter, simpler sentences matched to your child's stage. Ages 2-6 uses a few short sentences per scene, perfect for first time readers. Ages 4-8 adds simple dialogue and everyday vocabulary for kids beginning to follow along. Ages 6-10 keeps the language accessible while bringing back more of the story's detail, a natural bridge to the original.
Start at the level where your child is comfortable, and move up when they're ready. Hearing the same story told in richer language each time is one of the best ways to build vocabulary in any language.
Original Text: La Liebre y el Erizo
Era una hermosa mañana a finales del verano. El sol brillaba, el grano ondeaba en la brisa, y una alondra cantaba en el cielo azul claro.
Todo parecía alegre, hasta el erizo, que estaba en su puerta tarareando una canción de erizo mientras su esposa vestía a los nenes adentro. Después de un rato, decidió dar un paseo hasta el Gran Prado Inclinado, donde la yerba crecía espesa y las colinas eran empinadas.
No había ido muy lejos cuando se encontró con una liebre, bien conocida en el prado por su velocidad y su carácter fuerte.
«Buenos días», dijo el erizo cortésmente.
La liebre apenas lo miró. «¿Qué haces en el campo tan temprano?, preguntó.
«Estoy dando un paseo por placer», contestó el erizo.
La liebre se rió.
«¿Por placer? Creo que te toma todo lo que dan tus patas torcidas nada más para ir de un lugar a otro.»
Las palabras hirieron al erizo, pues le molestaba ser juzgado por sus patas más que por cualquier otra cosa.
«¿De verdad tú crees que tus patas son mejores que las mías?» preguntó.
«Por supuesto que lo son», dijo la liebre con orgullo.
«Entonces vamos a ver», dijo el erizo. «Si corremos desde la cima de esta colina empinada hasta el Sauce de abajo, creo que ganaré.»
«¿Una carrera?» se rio la liebre. «Está bien. Si ganas, te daré una pieza de oro nueva y brillante.»
«De acuerdo», dijo el erizo. «Regreso después del desayuno.»
En casa, el erizo le contó a su esposa sobre la carrera.
«¿Estás seguro?, preguntó la Sra. Erizo. «La liebre es la criatura más rápida del prado.»
«Es rápida», dijo el erizo con calma, «pero solo piensa en correr. No ha considerado la colina. La grama es alta y resbaladiza con el rocío, y la cuesta favorece otra manera. Ven a ver desde la línea de meta.»
El erizo regresó a la cima de la colina, donde la liebre esperaba, estirando sus largas patas.
«¿Listo para perder, pequeño caminante?, dijo la liebre con una risa.
«Estoy listo», contestó el erizo.
Tomaron sus lugares en la cima de la colina. La liebre contó, «¡Uno, dos, tres, ya!» y corrió hacia el frente por la grama alta.
La liebre pronto se dio cuenta de que correr era más difícil de lo que esperaba. Las hojas largas de trébol se le enredaban en los tobillos, y tenía que levantar las patas bien alto con cada paso.
El erizo no intentó correr para nada. Metió la barbilla, encogió las patitas, y se enrolló en una bolita apretada y espinosa.
La colina era empinada y la grama resbaladiza, y no pasó mucho tiempo antes de que empezara a rodar suavecito cuesta abajo.
La liebre miró hacia atrás, esperando ver al erizo bien atrás. En cambio, vio una forma redonda y marrón pasándole por el lado bien rápido, rebotando y dando vueltas más rápido con cada vuelta.
«Eso no puede ser», gritó la liebre, corriendo lo más duro que podía.
Pero mientras más se esforzaba, más cansado se sentía. El erizo no se cansaba para nada. La cuesta lo llevaba rápido, y cogía velocidad con cada metro.
Con un cantacito suave, el erizo llegó al terreno llano al pie de la colina. Se desenrolló y se sacudió el polvo de su abrigo justo cuando la liebre llegó, respirando con dificultad y con los ojos bien abiertos de sorpresa.
«Aquí estoy», dijo el erizo, parado junto al Sauce.
La liebre miró incrédula. Había corrido con todas sus fuerzas, sin embargo, aquel del que se burló había llegado primero.
La liebre se sentó en la grama, cansada y pensativa, y admitió que había perdido.
«Tus patas son buenas para correr», dijo el erizo amablemente, «pero cada camino favorece una manera diferente de moverse, así que no es bueno reírse de otro viajero.»
La liebre entregó la pieza de oro con un gesto de respeto. El erizo llamó a su esposa, y juntos caminaron a casa contentos, mientras la liebre se quedaba atrás, pensando tranquilita en la colina.
